
ENTELEQUIA
Osvaldo Nereido tomó el tren a la misma y exacta hora de siempre.
Durante su caminata a la estación, comprobó cómo se iban cayendo con lentitud las hojas - que pocas semanas atrás - habían abrigado su cuerpo de los fuertes rayos de sol.
La gente regresaba de las vacaciones y de a poco el viaje se volvía una hazaña urbana. El guarda no lo saludó como todas las mañanas en su paso hacia el micro centro. La estación Chilavert estaba limpia como nunca y los vendedores conocidos lo ignoraron con sabia virtud.
Encontró asiento y se acomodó dispuesto a reposar su mente en los treinta y cinco minutos siguientes. La niña sentada a su lado desparramó papeles en el piso. En vano y con fastidio la miró insistente. La madre de la chiquilla también permaneció indiferente.
Recordó los tres memos que habían quedado pendientes sobre su escritorio, acomodó mentalmente cada uno de los llamados que debía realizar a primera hora, y se divirtió recordando la imagen de Marisa, su nueva secretaria que aún lo miraba con cierto temor. Sintió su saco tironeado por la chiquilla inquieta.
Pronto comenzarían las clases - y con ellas - la imposibilidad de sentarse - reflexionó en tanto el tren arrancaba de nuevo después de la primera parada.
"A lo mejor si le comento lo de la nueva estructura laboral, logre que se quede más tranquilo" pensó al recordar la charla mantenida con Jorge Abasto, uno de los contadores que colaboraba con él en el departamento legal del Ministerio de Hacienda. Pero su jefe se lo había contado pidiéndole absoluta reserva. No podría adelantarle nada. No debía - se dijo en tanto la niña al levantarse había dejado tirado a su lado una lata de gaseosa. Habían llegado a Migueletes.
El silbato del guarda lo aturdió. Vio el cielo que en pocos minutos se había encapotado - miró su pantalón de color claro - y se compadeció.
Las primeras gotas hirieron el vidrio. En pocos segundos cada uno había regresado a su mundo y ahora un joven con aspecto extraño, ocupaba el asiento lindero. “Después de todo era preferible la niñita caprichosa con olor a limpio” - pensó en tanto se encontró husmeando en su maletín sin saber qué buscaba.
La lluvia ahora era torrencial y en la próxima estación ya había pasajeros con paraguas. Los miró con recelo. El cuarto vendedor en veinte minutos lo sorprendió con la oferta exacta, compró un paraguas importado por cinco pesos. El recambio de gente se sucedió hasta que llegó a la terminal.
Siempre le habían fastidiado los pasajeros - que teniendo la suerte de viajar sentados - eran incapaces de esperar que los otros fuesen descendiendo, para ellos pararse. Los amontonamientos de esa naturaleza le eran familiares y ver cómo algunos hurgaban bolsillos ajenos también era costumbre.
La gente comenzó a dispersarse de manera violenta como cada mañana. Le llamó la atención descubrir que ése día muchos se quedaban sentados.
Fastidiado, dejó pasar a la señora con muletas y a dos viejos que en el terror de no poder bajar lo venían empujando sin miramientos.
El tren comenzó a moverse. ¡No podía !¡ Ya no había vías ! - pensó. Trató de acelerar su paso y ante la imposibilidad de bajarse, interpuso su maletín en la puerta en el momento que ésta se cerró con rapidez.
Los que permanecían sentados ni siquiera lo miraron. El ferrocarril inició el nuevo viaje a velocidad desmesurada.
Cuando se asomó por la ventanilla se vio impactado por un cielo profundamente azul. Llegó a una primera estación sin nombre y las puertas no se abrieron.
Consultó su reloj. La hora se había detenido en el momento que había subido al transporte.
Otra y otra estación - anónimas - lo sorprendieron sobre vías inexistentes. Las grandes moles de cemento iban desapareciendo de su vista.
Se sentó - ahora sin tanto temor ni excitación.
Intentó rememorar cada uno de sus pasos desde su desayuno. Repasó el itinerario: Chilavert, Ballester, Malabert, San Andrés, San Martín...
Sus ideas no eran claras. Recordó la nueva estructura que le había confiado su jefe y descubrió que su nombre no estaba allí.
El joven con aspecto extraño permanecía tranquilo y nadie se hablaba.
Sólo él sintió que ése no era su lugar. Pensó que siempre había experimentado lo mismo: en su casa junto a una mujer que lo había engañado siempre y pensaba que él no se daba cuenta, en la oficina con aquel jefe burlón que lo endulzaba cada vez que necesitaba que se quedase después de hora ¡Hasta en el club! ¡Cuando era el único que se asaba al lado de la parrilla mientras los otros se refrescaban en la pileta!
Se levantó y miró por la puerta.
Ahora la velocidad era más lenta. Su maletín aún estaba a un costado de la puerta. Volvió su temor en el momento que el tren se detuvo.
Las puertas se abrieron y quedaron así un largo rato. Proyectó de nuevo la película de su vida y una mueca semejante a una sonrisa apresurada, se deslizó por la comisura de sus labios.
Comenzaron a subir nuevos pasajeros. La señal sonora dio el aviso.
Debía decidir.
Pensó en que alguien debería resolver los memos dejados sobre su escritorio, que su mujer ya no lo engañaría, que definitivamente ésta era una oportunidad diferente.
Sin sobresaltos, revoleó su maletín hacia el exterior y se sentó a disfrutar del viaje.
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