miércoles, 5 de agosto de 2009

LA PORCINA



De todas las pestes cotidianas, esta se puso pesada- pensaba en tanto caminaba por la de la catedral cerrada- porque ahora son como los chinos cierran al mediodía. Cruzó la plaza dejando atrás los juegos que el municipio cambió justo, justo, el verano pasado. Más de dos meses sin plaza. Iba refunfuñando con un sabor amargo, con mal talante, con broncas acumuladas.
Cómo voy a ser cuando pase los setenta, un tarado de esos viven quejándoos de todo – sospechó. Sólo faltaba la peste esta, ya tuvimos el dengue que dicen que va a volver, la crisis mundial, la campañas para las elecciones y ahora ¡la porcina...! después dicen que Dios es argentino, si claro, si es argentino es un antipatria, caviló mientras entraba a la obra. No había querido acercarse hasta retirar el resultado del isopado. ¡s una fiebre por la garganta, no ves que tengo cualquier porquería, me duele pero es una angina...!
-Y desde cuando sos doctor vos? Estás igual que los de la tele, cualquiera se recibió de médico ahora... cualquiera da consejos contra la mierda esta... hacéme el favor andá hasta el hospital y que te vean, pensá en los chicos, mirá si se nos enferma alguno – fue la reacción de su mujer el día que se levantó con temperatura.
Y había perdido 10 días de trabajo. Si, ¡minga que me los van a pagar...!
- Si no te los pagan hacemos una denuncia, si tenés todos los certificados.
- Si, los certificados de una angina
-¡Pero había que esperar los resultados!

Entró en medio de la cara de susto de sus compañeros.
Estaban terminando de comer unos sandwich de mortadela. Atrás habían quedado los días de asado. Ahora la parrilla se armaba el día que cobraban y por alguna extra, nada más.
Antes de acercarse sacó los certificados.
El capataz se adelantó. Tomó los papeles. Balanceó su cabeza a un lado y otro.¿No fue la porcina? ¿Y qué pasó? ¿Te perdiste? Ah... ¿Recién hoy los resultados? Que bárbaro, bueno, ¿Estás bien? Entonces dale nomás. Acá por suerte siempre hay algo para hacer. Sí, si, quedate tranquilo que yo te lo peleo. Más bien. Les voy a decir que yo te mandé avisar que hasta no tener los papeles del doctor no te queríamos por acá. No te preocupes que estos no son boludos, te los van a pagar. Quedate tranquilo. Si, dale. Anda para el último piso, que empezaron a poner los azulejos.

Ramón Oviedo subió hasta el noveno con su bolsito para cambiarse. Cuando dio vuelta la mirada observó a sus compañeros en plena tarea. Sintió chuchos de frío. El cuerpo le pesaba y una sudoración repentina lo invadió. Debe ser idea – se dijo- sin tener en cuenta que las salas del hospital por donde había caminado durante tres días en busca del certificado, era un gran foco infeccioso.

HIPOTECARIO

Hay que ganar mucho: la mayoría no tenemos tanta plata ahorrada- dice Cecilio- con voz de ilusión rota.
Marcela lo mira y calla, tiene en los ojos las ganas de terminar de cocer el pastel de papas, que los chicos coman y se vayan a dormir de una buena vez. Están insoportables, piensa mientras baja el horno, apura para que terminen la tarea, recoge ropa de la soga y escucha a su marido en tercer plano. Ella le dijo que no eran más que anuncios electorales, que esos créditos estaban lejos de gente común, como ellos: titulo secundario apenas, operario y administrativa en la misma fábrica. La que hizo que se conocieran hace once años.
Cecilio masculla que lo que tiene ahorrado no alcanza ni para señar medio baño. ¿De donde van a sacar el 30% que exigen? De ningún lado, esta claro, no hay posibilidad.
Ahora Marcela enchufa la plancha y apaga el horno. Las bombitas de bajo consumo son un tristeza, pero se ahorra; se dice mientras el silencio le hace sentir que él espera una respuesta entonces, sale del paso con un “y, claro” mientras repasa los guardapolvos de mitad de semana. Hace señas para que despejen la mesa. Ya está la cena y el hipotecario puede quedarse donde está porque nuevamente no serán parte, piensa sin querer continuar el tema porque le da bronca y comer con broncas no es bueno.
Cecilio dice que sería bueno que si pudiesen juntar un poco más... Marcela lo mira ¿un poco más? Con qué si apenas llegan a fin de mes, ya recortó todo lo posible pero no piensa vender su dignidad a la hora de la comida. Hay cosas que no se negocian - piensa: la comida, los libros para la escuela, algo de ropa de vez en cuando y un helado a la semana. No pide mucho, sólo espera que no quieran recortarle nada más.
Los chicos farfullan palabras, peleas, ruido doméstico. La plancha, la ropa, el frío primero, Cecilio que desangra esperanzas, la radio de fondo, la televisión que no cesa. Los guardapolvos en perchas van al picaporte de la puerta que da al patio. Apresura el pastel de papas, un poco de jugo de sobrecito, apaga la radio de tangos tristes, sube la tv, empieza gran cuñado. La familia integra la mesa, hay pan fresco.
Pone el canal de deportes para que Cecilio se despeje. Los chicos quieren a Tinelli. Ponen el canal de la dispersión. Faltan las servilletas. Marcela mira la familia, están juntos, alrededor de la mesa. Mira a su compañero de la vida. Sonríe. Mañana será otro día.

lunes, 8 de junio de 2009


SOMBRAS DE VELAS




Uno podrá ir acostumbrándose a vivir sin la gran pasión de su vida... pero sin ser dichosa. Me negaría a dejar de sufrir por esto, porque estaría renegando de mi vida. Cuando las primeras noches cenaba sola o me agazapaba esperando que el timbre o el teléfono dieran señales de vida, puedo afirmar que mi andar dejaba detrás de sí, una estela de savia vital desparramada por mi estancia. Ahora me siento más apacible, creo que ésa es la palabra. El silencio no me asusta y la noche, al fin, se hizo amiga. De él no tengo siquiera media noticia, me alcanza con imaginarlo feliz. Será que desde un principio, le prohibí a Elsa que hiciese el mínimo comentario o refe­rencia de su padre, que ya quedó como un acuerdo tácito. Si bien sigo fre­cuen­tando algunos lugares que fueron nuestros, y algunos amigos comunes; hoy puedo acostarme y mirar una película vieja, que seguramente vi con él, sin sentir que me desangro. Me sobra tiempo. Me he organizado de manera tal que puedo hacer cuanto quiero. A veces, no sé bien qué quiero hacer, pero es bueno saber que dis­pongo por completo de mi vida.

Elsa llamó durante todo el día. Le extrañó que en una tarde tan lluviosa y fría su madre hubiese salido. Desde el principio del fin de la relación con su padre, Adela, su madre, era una ermitaña.
Los trabajos en el estudio estaban prácticamente terminados, dos planos quedaron en el piso al costado de un día que por momentos se le antojó raro.
Como siempre que llueve, le fue difícil conseguir un taxi. Las calles anega­das por el agua de todo el día, encarecieron el viaje.
El suave olor a comida que invadía el recibidor del edificio le abrió el ape­tito, y el corte de luz, hizo que agradeciera que su madre viviese en el tercer piso de un edificio de quince. La oscuridad le dificultó encontrar las llaves en su bolso repleto de inutilidades.
El departamento en tinieblas la recibió con un desagradable vaho a hume­dad, se acordó que su mamá guardaba las velas en el cuarto cajón de la mesada. El desorden que pudo distinguir con la indigente luz, respondía a la metamorfosis su­frida por Adela en los últimos años.
De pronto recordó que el día anterior, en la última charla telefónica que habían tenido, su madre le había dicho que cumplía los años Chola, la madrina de Ri­cardo y tenía ganas de ir a saludarla.
En el ir y venir de un lado hacia el otro del departamento, se presentó ante ella la remembranza de aquella noche que junto a su hermano Ricardo y sus pri­mos, habían estado contando historias de horror inspirados en un largo corte de luz; tan asustados terminaron que ninguno durmió.
Le llovieron apariciones mágicas de un tiempo del que sospechaba, había sido feliz. En el sillón, tirada transversalmente con los pies descansando en el apoya-brazos, vio a Julián, su primer novio leyéndole aburridísimos poemas. Desde la ochava la asaltó Mirta con su hermano David copiando tarea atrasada, y Cosme trayéndole una orquídea el día que cumplió los quince.
La vela se apagó a causa de una rebelde brisa escapada desde la puerta abierta del baño, al revivirla, dejó que las sombras cayeran desde la profundidad de un silencio derruido...
-Victoria viene esta noche a cenar con nosotros, a conocer a toda mi fami­lia... ¡Pasó tanto tiempo!... Quiero que conozcan a mi amiga de la infancia... quiero que vos Elsa te pongas el vestido más lindo que tengas, y vos Ricky, no ha­gas planes para salir corriendo después de comer el primer plato. Ella se crió con­migo, siem­pre íbamos a todas partes juntas. Cuando se casó y fue a radicarse a Eu­ropa, ni una sola Navidad dejó de llamarme ¿Se acuerdan?... tía Vicky la llama­ban... ¡No les voy a pedir que la llamen así!... pero tengan en claro que para mí, es una noche impor­tante. - La queríamos a través de mamá, era como de la familia.
La vela terminó de consumirse y la oscuridad plena colonizó la habitación. Palpitó que era muy tarde por la somnolencia que le imponía su cuerpo.
El único que había quedado afuera de la perorata había sido su padre; con los años, sospechaba que seguramente habría existido un discurso para él, pero privado. Ambos hablaban poco, y Elsa, nunca los había escuchado discutir o con­versar temas importantes frente a ella y su hermano.
Esa noche comimos como si fuese la última vez. Tía Vicky dio la sensación de que al enviudar se había dado algunos permisos, estaba más gorda que en las fotos que tenía mamá. Don Enzo, como le decía tía Vicky a papá, les prestó su abu­rrida cara hasta el final.
Era rica, dedujimos con Ricardo, hablando después en mi habitación: por la ropa, los comentarios de los viajes por toda Europa; y la herencia que seguramente le dejara el “tío Felipe” al morirse.
Mamá era otra. Con Vicky se veía casi todos los días y hasta parecía más jo­ven. Ella pasaba a buscarla con su chofer y tomaban el té en Recoleta.
Mamá es­taba viviendo una realidad que no era de ella, no obstante, yo le decía a Ricardo que me parecía bien, que tenía que aprovechar a conocer todos esos lugares a los que nunca había tenido acceso.
Tía Vicky vino una tarde con la idea de irnos todos juntos de vacaciones. Papá se opuso desde el primer momento, utilizando su gastada teoría de que ése tipo de acontecimientos anuales era sólo para el núcleo familiar; así venía esquivando el llevar a la abuela hacía siete años.
Pero esta vez no hubo caso.
Mamá se encaprichó y papá decidió que era tonto seguir oponiéndose.
Ese año la pasamos en el semipiso que tía Vicky había comprado en el cen­tro de Mar del Plata.
Fueron unas vacaciones de locura.
¡Cuánta plata se gastó! A cuenta de las vacaciones del año siguiente, bro­meábamos con Ricardo.
Con mi hermano fuimos a bailar todas las noches, gracias a la plata que la tía Vicky nos daba a escondidas. ¡Era todo tan irreal! Mamá se acostaba temprano por el cansancio del sol, y papá se iba todas las noches al casino con la tía Vicky.
Una profunda sensación de hambre la invadió.
El corte de luz no era reciente, dedujo por la temperatura de las bebidas. El charco que salía por debajo de la heladera le recordó a Finito, su sia­més, que en sus últimos años de vida orinaba en cualquier parte de la casa.
Comió una milanesa rescatada del fondo del refrigerador a la luz de media vela; cuando se le cayó el pequeño pancito que había tomado de la bolsa y gateó para encontrarlo se sintió ridícula ¡Tan ridícula como cuando su madre la llamó una tarde para que merendasen juntas y en medio de una falsa tranquilidad sir­viendo un té de yuyos, le dijo que ella y su padre se separaban!
Elsa había presentido una gran dosis de hipocresía en la casa de sus padres, pero no sospechó que llegaría a semejante extremo.
Cuando se ofreció para organizar una reunión familiar o hablar con su pa­dre, se llevó una gran sorpresa.
Jamás hubiera imaginado al callado Enzo, el comprensivo y cabizbajo Enzo, diciéndole que se iba. Que abandonaba la casa para irse a vivir con la ma­ravillosa tía Vicky.
¡Que aberrante todo!... ¡Incomprensible!... ¡Adela haciéndose la entera, explicando, en tanto llenaba su taza de té, que lo de ellos hacía rato había dejado de funcionar... buscando justificar a su amiga de la infancia.
Era tarde; estaba segura.
Los recuerdos esa noche se impusieron a manera de una infame manifestación.
Adela tendría que haber llegado. Seguramente, habría arreglado con Ricardo para ir los tres con Virginia, la esposa de su hermano y la traerían al terminar la cena.
Revolviendo el fondo del cajón de la mesada, recordó que su mamá acos­tumbraba a guardar de todo en la mesita de luz.
Allí quizás podría encontrar algún otro resto de vela.
Se dirigió al dormitorio tanteando las paredes de ese pasillo que siempre se le había antojado demasiado largo sin razón.
Al entrar en la habitación se llevo por delante algo que la hizo caer.
Las luces se encendieron simultáneamente.
Todas las luces se convocaron para que Elsa descubriera a su madre tirada en el piso, y al costado de su mano derecha, caído un papel. En medio de un torbellino de confusiones mientras acariciaba suavemente a su mamá, se apresuró a tomar aquello que parecía una carta. Con un escalofrío calci­nante leyó: “Uno podrá ir acostumbrándose a vivir sin la gran pasión de su vida... pero sin ser dichosa...”

ENTELEQUIA



Osvaldo Nereido tomó el tren a la misma y exacta hora de siempre.
Durante su caminata a la estación, comprobó cómo se iban cayendo con lentitud las hojas - que pocas semanas atrás - habían abrigado su cuerpo de los fuertes rayos de sol.
La gente regresaba de las vacaciones y de a poco el viaje se volvía una hazaña urbana. El guarda no lo saludó como todas las ma­ña­nas en su paso hacia el micro cen­tro. La estación Chilavert estaba limpia como nunca y los vendedores conocidos lo ignoraron con sabia vir­tud.
Encontró asiento y se acomodó dispuesto a reposar su mente en los treinta y cinco minutos siguientes. La niña sentada a su lado desparramó papeles en el piso. En vano y con fastidio la miró insistente. La ma­dre de la chiquilla también permaneció indiferente.
Recordó los tres memos que habían quedado pendientes sobre su escrito­rio, acomodó mentalmente cada uno de los llamados que debía realizar a prime­ra hora, y se divirtió recordando la imagen de Marisa, su nueva secretaria que aún lo miraba con cierto temor. Sintió su saco tironeado por la chiquilla inquieta.
Pronto comenzarían las clases - y con ellas - la imposibilidad de sentarse - reflexionó en tanto el tren arrancaba de nuevo después de la primera parada.
"A lo mejor si le comento lo de la nueva estructura laboral, logre que se quede más tranquilo" pensó al recordar la charla mantenida con Jorge Abasto, uno de los contadores que colaboraba con él en el departamento legal del Ministerio de Hacienda. Pero su jefe se lo había contado pidiéndole absoluta reserva. No podría adelantarle nada. No debía - se dijo en tanto la niña al levantarse había dejado tirado a su lado una lata de gaseosa. Habían llegado a Migueletes.
El silbato del guarda lo aturdió. Vio el cielo que en po­cos minutos se había encapotado - miró su panta­lón de color claro - y se compa­deció.
Las primeras gotas hirieron el vidrio. En pocos segundos cada uno había regresado a su mundo y ahora un jo­ven con aspecto extraño, ocupaba el asiento lindero. “Después de todo era preferible la niñita caprichosa con olor a limpio” - pensó en tanto se encontró husmeando en su maletín sin saber qué buscaba.
La lluvia ahora era torrencial y en la próxima estación ya había pasajeros con paraguas. Los miró con recelo. El cuarto vendedor en veinte minutos lo sorprendió con la oferta exacta, compró un paraguas importado por cinco pesos. El recambio de gente se sucedió hasta que llegó a la terminal.
Siempre le habían fastidiado los pasajeros - que teniendo la suerte de viajar sentados - eran incapaces de esperar que los otros fuesen descendiendo, para ellos pa­rarse. Los amontonamientos de esa naturaleza le eran familiares y ver cómo al­gunos hurgaban bolsillos ajenos también era costumbre.
La gente comenzó a dispersarse de manera violenta como cada mañana. Le llamó la atención descubrir que ése día muchos se quedaban sentados.
Fastidiado, dejó pasar a la señora con muletas y a dos viejos que en el te­rror de no poder bajar lo venían empujando sin miramientos.
El tren comenzó a moverse. ¡No podía !¡ Ya no había vías ! - pensó. Trató de acelerar su paso y ante la imposi­bilidad de bajarse, interpuso su maletín en la puerta en el momento que ésta se cerró con rapidez.
Los que permane­cían sentados ni siquiera lo miraron. El ferrocarril inició el nuevo viaje a veloci­dad desmesurada.
Cuando se asomó por la ventanilla se vio impactado por un cielo profundamente azul. Llegó a una primera estación sin nombre y las puertas no se abrieron.
Consultó su reloj. La hora se había detenido en el momento que había subido al transporte.
Otra y otra estación - anónimas - lo sorprendieron sobre vías inexistentes. Las grandes moles de cemento iban desapa­reciendo de su vista.
Se sentó - ahora sin tanto temor ni excitación.
Intentó rememorar cada uno de sus pasos desde su desayuno. Repasó el itinerario: Chilavert, Ballester, Malabert, San Andrés, San Martín...
Sus ideas no eran claras. Recordó la nueva estructura que le había con­fiado su jefe y descubrió que su nombre no estaba allí.
El joven con as­pecto extraño permanecía tranquilo y nadie se hablaba.
Sólo él sintió que ése no era su lugar. Pensó que siempre había experimentado lo mismo: en su casa junto a una mujer que lo había engañado siempre y pensaba que él no se daba cuenta, en la oficina con aquel jefe burlón que lo endulzaba cada vez que necesitaba que se quedase después de hora ¡Hasta en el club! ¡Cuando era el único que se asaba al lado de la parrilla mientras los otros se re­frescaban en la pileta!
Se levantó y miró por la puerta.
Ahora la velocidad era más lenta. Su maletín aún estaba a un costado de la puerta. Volvió su temor en el momento que el tren se detuvo.
Las puertas se abrieron y quedaron así un largo rato. Proyectó de nuevo la película de su vida y una mueca semejante a una sonrisa apresurada, se deslizó por la comisura de sus labios.
Comenza­ron a subir nuevos pasajeros. La señal sonora dio el aviso.
Debía decidir.
Pensó en que alguien debería resol­ver los memos dejados sobre su escritorio, que su mujer ya no lo engañaría, que definitivamente ésta era una oportunidad diferente.
Sin sobresaltos, revoleó su maletín hacia el exterior y se sentó a disfrutar del viaje.



HISTORIA DE JUANA


Amato no llega, y Juana sigue esperando ese milagro insolente. Y es tarde. Tan tarde que el sol partió en millones las presencias. De nada vale enriquecerse si igual te vas a ir - piensa Juana muy bajito-. Amato estará vaya uno a saber dónde, pero lejos, tan lejos que Juana jamás volverá a olerlo.

El polvo arrasa los brillos y la persiana a medio levantar se incrusta en su pe­cho, dando formas extrañas a las formas que la bañan.
Juana espía el camino que hizo Amato. Ella espera.
Una esperanza que se torna eterna y se ve en el reflejo perdido de sus ojos. Amato no va a volver.
Ella lo sabe.
Sé que no quiere repetírselo - aunque sea en voz muy baja.
Pobre Juana.
Amato debe estar revolcándose, muy lejos.
La calle desprende viejas prisas, y con la caída del sol los pastos secos rehu­yen y se aglutinan detrás del portón.
Es el viento el que molesta - dice Juana -
Yo sigo fregando la olla aunque jamás va a volver a brillar.
Todo el brillo se perdió, el de tus ojos, los muebles, la pava.
Entonces Juana quiere salir. ¿Se habrá olvidado de la promesa?
Se lo grito.
Se da vuelta, parece que no le importa e intenta revelarse contra el viento, como si de ése modo pudiese reencontrarse con Amato. Con sólo dos forcejeos se da cuenta que no va poder salir.
Cuando se aleja del picaporte, el viento se calma y la brisa apurada hace bailar las parvas del desierto.
Hago un esfuerzo por no decirle nada. Ella sabe perfectamente mi manera de pensar, no soporto que me mire desafiante.

Cuando recién llegué, también me costaba la idea de saberme entre cuatro paredes. Me llevó mi buen tiempo. Pero todo es cuestión de costumbre. Todo el brillo perdido, las tinieblas en silencio, el sacar a cada instante la tierra de arriba del mueble, el viento.
Juana hace poco que está y piensa que en cualquier momento va a poder irse, pero aquí tenemos para rato, si es que no es para siempre.
Nada queda de todos los platos que se fueron cayendo, partiéndose en dispa­res pedazos.
Nada ha quedado de la luz que iluminaba el camino de la llegada, ni el sol queda, sólo a veces se asoma tímido, como si espiara aquellos ratos que cada vez son menos.
Y Amato ya no está triste, ya la debe haber olvidado, debe haber secado su recuerdo como esas flores que se guardan en un libro - y una vez cada tanto se asoman resquebrajadas cada vez con menos vida - y se guardan de nuevo.
Juana va y viene de un lado al otro. Todo el día, toda la noche. Espía por la ventana y vuelve a sacar la tierra amontonada.
(El autor de este relato no especifica ni describe con claridad relaciones fundamentales entre los personajes ¿O si? No entiendo el criterio usado para incluir un narrador testigo, quizás para in­centi­var la imaginación, o solamente porque a lo mejor le parece un detalle se­cundario. Sigamos con la lectura para saber qué es esto).
Juana se vuelve y me mira y por primera vez veo que se le caen lágrimas, me acerco solamente un poco. Ella también sabe que no podemos tocarnos. Se lo dije desde que llegó. Si ocurriese, en ése momento todo terminaría. Por la amenaza de desintegrarnos es que he tratado de no realizar manifes­taciones emotivas demasiado notables.
Recuerdo el primer día que llegué, la soledad carcomía lo que quedaba de mis entrañas y la lectura de esa especie de reglamento malvado terminó con las fantasías de poder acceder a otra oportunidad.
Fueron muchas las jornadas en que me encontré girando sobre mi eje como si me hubiese convertido en una herramienta humana tratando de servir para algo. Pero era demasiado tarde. Pasó mucho tiempo antes de la llegada de Juana y Amato. Cuando entraron me vieron y enseguida bajaron la mirada.
Ese día ella estaba refulgente, sin darse cuenta de lo que verdaderamente le estaba sucediendo. Y Amato, que sólo le hacía compañía por una horas, trató en todo momento de ignorar mi presencia sin lograrlo. Ella lo tocaba todo el tiempo, diría que lo manoseaba continuamente.
Él me observó con disimulo en todo momento.
Me había sentado en la ochava opuesta a la entrada y también los miraba y me gustaron. Pero ella... es una desesperada.
Ellos enseguida supieron que su lugar era el del ventanal pegado a los mue­bles. Amato se despidió a los dos días diciéndole que en cuanto estuviese prepa­rada pasaría por ella.
Parece que ese día no va a llegar.
(El autor enjuicia moralmente el comportamiento de los personajes. Aunque quiera ser sutil se nota. Una pena)
Cuesta hacerse a la idea, hay que ir sabiendo de a poco, o convenciéndose de cómo son las cosas aquí.
Necesito que Juana deje de esperar porque me desespera que un día pueda irse. Casi no nos hablamos, igual es una buena compañía.
Amato, lejos de conjeturar lo que me pasa no va a volver ni siquiera porque sospeche algo de mí.
No quiero suponer que ella se irá un día además, - según el reglamento, que seguro no leyó - si en el término de nueve meses uno no recibe la señal, no podrá irse jamás.
Pero no pienso decírselo, además aquí se pierde la noción del tiempo, y me parece que la destruiría.
A lo mejor debería poner los papeles arriba del mueble más bajo y dejar que ella los descubra y se entere de todo lo que debe saber.
No me resulta fácil la idea de pasarme el resto de la eternidad viéndola es­piar el desierto, esperando el milagro.
Dentro de toda la llanura existente, el polvo y el silencio, las alas se abarro­tan de sueños incompletos y no me cansa esperar un cambio de rutina, no quiero perder las esperanzas pero... no creo en los milagros.
Juana vio los papeles que le dejé.
No les dio importancia.
Desde mi rincón la observé un par de veces - cuando por el reflejo de su sombra - me parecía que iba para el lugar donde esta el secreto de cómo poder esperar los cambios con la mayor cordura posible. Asomó su mirada y se fue del sitio sin tocar siquiera una hoja. En algún mo­mento los va a leer, seguramente, cuando vuelva a aburrirse de sacar tierra.

De pronto Juana lee y su silencio se transforma en griterío e insultos.
Ella me mira con enojo y siento que no me reconoce. Se ha vuelto tan distante, que no puede nada. Ni siquiera se da cuenta que me apropié de este lugar por ella.
Ella agrieta su andar y se revuelca con rabia en el piso polvoriento. No es fácil tratar de calmarla y mucho menos querer ignorar su locura. Sigo con mis utensilios aprendiendo a sacarle brillo a los enseres.
Hay cosas que directamente no se piensan. No puedo creer que me esté mirando y no se de cuenta - y no me perciba. Esto es demasiado nuevo para mí.
Me duele que no reconozca mi olor, me entristece que haya olvidado nuestros detalles con tanta facilidad. Y yo aún la amo. Amo sus caricias que ya no son y su mirada cómplice que no me dedica. Pero no puedo decírselo. Ella no me creería. Ella si­gue siendo lo más importante aunque disimulo - sino me van a correr de aquí. Estamos demasiado solos como para que no lo perciba. Viéndola ahora, me pongo a pensar si en realidad valió la pena volver. Creo que no debí hacerlo, pero no hubiera podido seguir mi no vida sin ella.
El remolino es el nuevo intento de Él por deshacerse de alguno de nosotros.
Ella se enfurece y llora de nuevo, y sus lágrimas son tan profundas que logra que en el cielo aparezca la constelación - que sólo en estos casos se presenta. Qui­siera tocarla. Pero sería el fin.
Cuando me distraigo en mis fantasías - sin que pueda detenerla - con una fuerza inusitada logra romper la barrera y sale dejando la puerta entreabierta, el viento golpea y me estampa contra la pared. Corro y pego la cara contra el ven­tanal y la veo: es un río de sangre que inunda los costados de las hutas.
Ella no va a volver nunca.
Y ahora son mis lágrimas las que hacen aparecer las estrellas











miércoles, 13 de mayo de 2009

ARENA


Las piedras son filosas.
Ahí está nuevamente él, su figura se dibuja entre los últimos rayos de sol - que dispersos - hacen que la temperatura se vuelva temerosa. Me arrincono detrás de una de las columnas que tiene el muelle, ¡Y me descubro tan ridí­cula!... ¡Como él! Sólo que su edad lo justifica.
Me causa temor pensar que me puede atrapar mirándolo. No sé qué me pasa con ese nene de arito en el ombligo.
Los días transcurren con calma.
El cielo por las tardes regala un abanico de tonalidades que no todos disfrutan, y el chico aparece puntual por el lado sur de la bahía. Camina con desparpajo masturbándose con la vista salada de mujeres que nunca serán de él, vuelve a mirar su brazo y sonríe con melancolía. La tarde ha ido encapotándose entre grumos de mar seco, hoy el cielo au­gura un atardecer diferente. Ahí está, el encuentro ha sido distinto, porque por primera vez, nuestras mi­radas se cruzaron a la distancia.
Él acaba de descubrirme.
De pronto, al sentir que alguien lo observa, se produce una metamorfosis sim­pática y poco disimulada, el chico se transforma en super hombre - y se con­trac­tura sacando músculos por toda esa piel bronceada untada en aceite - me causa mucha gracia. Lo hallo brillante y duro, grandote y fresco, su piel es... seguramente ar­diente.
Me mira, yo le sonrío. Su apariencia me causa algo extraño: cosquilleo, ter­nura. Genera en mí sensaciones que hacía mucho no experimentaba - con disimulo - se espía el brazo que exhibe preocupado.
Le hablo con la mirada de manera tímida casi tonta, él me sonríe. Debo estar loca. Comienza a girar los pasos con lentitud y desvía su camino para lograr to­parse conmigo, se acerca con el aspecto de un modelo de propaganda de aperi­tivo. Rápidamente, da vuelta su cuello en el instante que una silueta se entromete en­tre noso­tros - con la misma celeridad - vuelve a dedicarme su existencia.
Ahora cerca, muy cerca me doy cuenta que es realmente un chico, y yo..., está a mi lado y lo primero que hago es to­car su piel de piedra bronce que está caliente.
Los pescadores - en su mayoría - están concentrados en sus anzuelos y redes, en el momento que el nene me acomoda el pelo desbaratado por el viento; algunos mirones se codean. Cuando me doy cuenta trato de no perder la compostura, aunque ya haya perdido todo. Él se queda callado mirándose el brazo, las nubes amenazan con hacer más rápida la noche. Hoy no hay estrellas, las últimas familias huyen ante las primeras gotas de cielo liviano. Los pescadores se abrigan, él sigue prácticamente desnudo, me toma del brazo y sin decir nada me lleva debajo del muelle con resolución.
La lluvia, tan benditamente repentina, organiza un éxodo instantáneo, lo miro y hallo músculos por todos sus rincones que con un vigor tierno y sin palabras lo pueden todo. Seguramente, cualquier mujer que le hubiese hecho un guiño hubiese obtenido el mismo resultado - pienso en un instante. El diluvio apresura, nos revolcamos a lo largo de una franja del muelle, se escuchan pasos. Desde el refugio, puedo divisar movimientos extraños entre los médanos - se me ocu­rre que debe ser el día en que todos los jovencitos salieron a mostrarse - y sonrío pálidamente.
En medio de la confusión y el silbido del viento vuelvo a tocarlo, disfruto de su piel dura y joven entre mis piernas, y me estremece - cuando sus brazos sobre mí -rodean mi cintura. Es absolutamente salvaje, vuelo a la altura de su sueño y me siento viva.
Después de un rato - tranquilos - observa mis ojos y me pregunta cómo me llamo, los suyos son de un indefinido color oscuro. Con lentitud repasa mi cara con una caricia, y se vuelve sobre su brazo. No aguanto mi curiosidad: me cuenta mien­tras le paso mi lengua sobre el arito que reposa en su ombligo. Lo espío en el mo­mento que interrumpe su re­lato, me mira y todo vuelve a comenzar. En un instante me doy cuenta, que es mucho más saludable que cualquier ansiolítico. Me recuesto sobre su pecho, y de nuevo comienza a hablar.

Al día siguiente caminamos hasta la terminal de ómnibus. Desde allí son unas veinticinco cuadras, le dijo un lugareño. No hay colectivo que nos lleve, él me mira con los ojos cargados de estrellas y no puedo negarme a acompañarlo. La ter­cera cuadra ya es de tierra. El sol amenaza calcinarnos, a esta hora jamás estoy expuesta a él, pero la cir­cunstancia lo vale. Me dice que soy muy importante en su vida - me causa gracia y espanto - su belleza es implacable, su nariz es respingada y sus profundos dien­tes blancos rechazan la idea de un poco de nicotina.
Yo la necesito.
Entra en una tienda a mirar aros y cintitas, yo le regalo un aro, él me com­pra sahumerios y me pide que los guarde para la próxima vez que estemos juntos - pero antes - tenemos que llegar a la casa del viejo del que tanto le hablaron. Se pone unos an­teojos de sol y de un bolsillo saca un pañuelo que anuda y viste su cabeza con flecos colores tierra. Gira sobre mi cintura y me toca, me dice que me adora, yo acepto y por un rato juego a adorarnos. Él no espera, no puede detener su sangre de veinte años y me lleva casi corriendo por la calle del costado hasta llegar a un terreno baldío inun­dado de arena, y nos refregamos el uno contra el otro hasta cansar nuestros cuer­pos ásperos.
Nada me importa.
Después del cigarrillo por el cual me protesta, retomamos el sendero que nos conducirá a la casa del viejo. Durante gran parte del trayecto no hay más que ár­boles que nos grati­fican con su sombra. No podemos evitar acariciarnos. Yo aprovecho todas sus caricias para no mal gastar mi tiempo, creo que él lo intuye y me empalaga. Las cuadras son cada vez más largas, después de un rato divisamos la casa a la que vamos. Todo llega - le digo mientras repaso su espalda con la yema de mis dedos, y me detengo ante su mirada brillosa por temor a que busque otro baldío.
El bolso comienza a pesarme y ante la menor maniobra, él me lo quita y se lo pone como mochila. Miro el cielo y puedo intuir el rugido del mar a lo lejos. Me des­cubro vulnerable.
El viejo pide que lo esperemos y le da un libro de dibujos, él se apresura para mostrarme el elegido. De pronto lo cierra y lo vuelve a abrir y comienza a buscar todo de nuevo. Detrás de la cortina de juncos, se escucha tararear al hombre en tanto él tiene un ataque de furia y se enoja con el universo. Aparece en escena el viejo portando una valija con objetos que yo jamás había visto, mientras el nene lo increpa desmesuradamente. Sin entender cuál es el reclamo, el hombre me mira es­perando que yo pueda explicarle algo (me siento ridícula). Es patético verlo, se ol­vidó de todo, hasta de mi presencia, y si no se olvidó no le importa. El anciano ni si­quiera recuerda el dibujo que el chico le reclama furioso di­ciéndole que se lo hizo a un amigo.
Fue difícil convencerlo de regresar. Le pedía al hombre que le mostrase más dibujos que no tenía. Por fin salimos. No habló por un rato largo. La desilusión le borró las estrellas de los ojos.
El cielo ha comenzado a calmar sus rayos. Sentados debajo de un árbol, saco un cigarrillo y fumo en silencio. No quiero molestarlo, trato de comprenderlo y hago memoria para tratar de descubrir si a esa edad, yo era tan arrebatada como él.
Creo que si.
Él comienza a recorrer mis pechos, y mi piel se eriza. Su enojo puede llegar a ser fructífero - pienso mientras apago el cigarrillo -.
En la alameda - que descubrimos en el centro de un vivero - trato de hacerlo olvidar de su decepción. Su cuerpo transpira sobre el mío y de pronto todo se reinicia una y otra vez hasta que la noche nos recuerda que tenemos hambre y sed.
Una nueva estrella aparece en el cielo, de nuevo el mar se presenta a lo lejos, es la primera vez que renuncio a un día de playa - al úl­timo.
Él me mira y quiere explicarme. Habla sin parar, compungido por su brazo desnudo. Tenía que ser ése dibujo y no otro. No le contesto, en realidad no sé qué decirle, ése tema ya me cansó.
A la madrugada debo comenzar a preparar la valija, tampoco sé cómo anun­ciárselo. Hace planes continuamente para toda la semana, de pronto siento que me gustaría verlo otra vez. Es lo primero que me dice cuando le aviso que me voy, que se terminaron mis vacaciones. Quiere saber en qué lugar me puede encontrar.
No entra en razones. No quiero lastimarlo. Piensa que hay algo que no le quiero decir y tiene razón. A lo mejor sería correcto explicarle todo.

El camino se hace demasiado largo, lo llevo poco a poco hacia el lugar donde nos conocimos, le pido que me dé su teléfono y le prometo que lo voy a llamar. Mis ojos se nublan, me reprocho en silencio. De nuevo prometo llamarlo, y le pido que se quede en el muelle. En medio de toda la desesperación de la despedida comienza a jugar con mis pe­zones, sus ojos poblados de estrellas nuevamente enjugan unas lágrimas que por suerte no salen... y comienzan de nuevo nuestros cuerpos, pero esta vez la des­pedida lo hace todo di­ferente.
Me abraza fuerte y me dice que me quiere - hago silencio. El tiempo me corre, mi amiga debe estar lista para salir. Acomodo mi ropa antes de escapar del muelle. Apresuro mi partida.

En la ruta, mis pensamientos se arremolinan. Mi amiga será la única en sa­berlo. Mientras manejo me repito que no lo voy a llamar, que tengo ganas de re­en­contrarme con mi marido y mis hijos - en tanto mi amiga - pone música de los sesenta.





Foto: estabolsanoesunjuguete.blogia.com

viernes, 24 de abril de 2009

AMIGOS


AMIGOS

El sol se había ido hacía un par de horas, la música ganaba la estancia y el vino iba haciendo lo suyo. El retraso de Horacio logró ponernos nerviosos.
Ahora estamos solos - fue la primera reflexión de Maica, después de beber su tercera copa. Un suave tambaleo terminó de acomodarla sobre uno de los hombros de Yuyo. Práctica­mente pegoteados, José acariciaba pesadamente el pelo de Nita cuando sonó el timbre.
Nos sobresaltamos. Como si el sonido nos fuese ajeno.
Las porciones sobrantes de pizza, quedaron desparramadas en una de las cajas en el piso. Los almohadones comenzaron a sernos incómodos.
- ¡Algún pichón jugando al rin-raje! - les dije ante sus miradas - ¡Quédense tranquilos!... ¡El negro en un rato llega!... ¡Confíen en mi intuición! - agregué mientras llenaba to­das las copas, realmente preocupada. Maica derramó la suya y se ganó las bromas de todos.
El timbre volvió a sonar.
Esta vez nos levantamos trabajosamente los cinco. Yuyo se quejó por el ruido que hicieron cada uno de los huesos de sus rodillas, nos reímos de él y salimos apresurados.
Esta vez fue diferente. Si bien no había nadie, una silueta no lejana nos dejó la convic­ción de que esa noche alguien tenía ganas de molestar. Yuyo insultó con estridencia y Maica trató de calmarlo.
- ¡A Horacio no le pasó nada!... Quedate tranquila... te conozco Gringa, estás preocupada... - me dijo José en tanto los demás, corrían por el patio. - ¿Te dejó los paquetes acá... ? ¡Me ima­ginó!...-
- Te imaginás mal... ¡A mi no me trajo nada!... Si hoy iba a caer con todo ¿O por qué te pensás que nos juntó? -
- ¡Dale Gringa!... No jodas... - me dijo con esa voz que a mí me ponía nerviosa.
Ya le había dicho a Horacio que José no me gustaba: - ¡Qué sabés vos de mis amigos a ver...! ¿Qué te hizo? ¿¡eh!? ¡Decíme que te hizo que yo le paro el carro!... Pero fundamentame Gringa - ¿Qué querés que te fundamente? Te estoy diciendo que es algo así como un presenti­miento... como... qué sé yo... Algo... hay algo que no me gusta... José no me cierra... ¿Me entendés?... ¡No es como los demás...!- Escucháme genio... ¿Vos te pensás que yo los negocios los cierro por “ intuición”? - le había dicho mofándose - No Gringuita... Las cosas no son así...- agregó aquella noche mientras compartían un cigarrillo.
- ¡Aflojá Gringa!... Decíme que es una joda y que tenés todo acá con las instrucciones in­cluidas. Dale... Confesá - fue la voz metálica de José.
Lo miré sin saber qué decirle. La verdad ya se la había dicho.
- ¡Che! ¡Agretas! ¿No vienen a tomar algo...? ¡Dale Gringa que es tu casa...! ¡Sos la anfitriona! - gritó Nita - y vos... vení conmigo sino cuando aparezca el otro le cuento que no me das bola por estar con la mina de él.
- ¡Anda boluda que ya estás borracha! - su voz fue tan firme que hizo que Nita se diera vuelta y saliera de la cocina asustada.
- Volvamos a lo nuestro Gringa... ¡Horacio sabe que no me puede hacer esto! Acá hay mu­cha plata en juego, así que andá pensando algo. ¡El hijo de puta no puede darse por desapare­cido después de haber cobrado todo por adelantado! ¿Entendés? -
- Decíme ¿Vos me estás hablando en serio? ¡Creo que te estás yendo al carajo...! - espeté sacando un valor desconocido hasta ese momento para mí. Sin darle tiempo a que me diga nada y sin mirarlo amagué a salir de la cocina. En un flash estaba su cara pegada a la mía, y mi cuerpo transpirando.
- Gringa... hay cosas con las que yo no jodo... ¿Te queda claro? -
Yuyo, Maica y Nita estaban revolcados por el piso de la sala. Desde el patio, el gato mi­raba sin interés la escena, mi cuerpo se había aflojado.
- ¡Loco! ¡Póngase bien y compórtense porque esto en mi casa no me gusta! - dije con voz firme. Maica empezó a juntar la pizza caída y Yuyo fue a lavar los vasos, en tanto Nita, caía en los brazos a José con clara intensión de distenderlo.
- ¡Salí tarada...! ¿¡No sabés que cuando estoy de mal humor necesito pensar tranquilo!? - le gritó mientras con un empujón la separó de su lado.
Nita me miró con recelo. Su bronca le hizo entender todo mal. Yuyo apareció en medio del incidente.
- ¡Mirala Yuyo...! ¡Esta puta lo quiere a José...! ¡Me lo quiere sacar y como es la mina del jefe se debe creer!... - la bofetada sonó hueca y nos dolió seguramente mucho más a los tes­tigos que a Nita - ¡Llevala a dormir antes de que la mate! - le dijo a Maica. Las dos desaparecieron. En ese momento sonó el timbre.
- ¡Voy yo Gringa...! ¡Y pensá porque de acá... yo no me voy vacío...!- Yuyo me miró con la sensación de haberse perdido algo.
- El mal parido se cree que Horacio lo quiere joder y que está escondido, parece que le dio plata adelantada... y... -
- ¿Qué hacés Gringuita?... ¡No me mires así por una par de horas que me atrasé...! ¡Te dije que esto era delicado y a lo mejor intentaba caminos nuevos...! Pero por lo que veo estás acompañada por amigos... ¡Nada mejor corazón...! ¡Nada mejor que en estos momentos los mu­chacho estén con vos y te cuiden...! ¡Gracias Yuyo...! ¡Josecito...! - dijo abrazándolos.
La voz de Horacio me distrajo de toda la pesadilla. José había vuelto a ser como era adelante de él. Me miró ordenándome que me olvidase de todo.
- ¿Hay algo calentito para tomar, Gringuita? - Mientras los tres se iban para la sala abrazados, puse el agua para preparar café.



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